Balo Sánchez Leon escribe sobre José Watanabe
Este artículo es un homenaje de poeta a poeta, pero sobre todo de amigo a amigo. Abelardo Sánchez León y José Watanabe fueron contemporáneos y compartieron juntos el esfuerzo de construir la poesía peruana contemporánea. El presente artículo ha sido tomado de la última edición de la revista "Qué hacer"

Poeta José Watanabe
El poeta Watanabe habitó entre nosotros
Escribe: Abelardo Sánchez León
A principios de la década de 1980, José Watanabe formó parte de un proyecto editorial en desco: Yunta, revista que recogía las preocupaciones de los pueblos jóvenes. Vista desde la perspectiva que nos ofrecen los años, fue una publicación que se anticipó a La República o al Diario de Marka, pero, claro, duró poco y se consumió en el duro arenal de las afueras de Lima. El equipo era simpatiquísimo y muy creativo: Chema Salcedo en la redacción, Watanabe en la diagramación, Pedro Sánchez en la fotografía y yo en la dirección. De los cuatro, quedamos dos. Increíble. Pedro fue uno de los ocho periodistas asesinados en Uchuraccay y a José Watanabe se lo acaba de llevar, a los 61 años, un cáncer al esófago. El cáncer fue un visitante inoportuno que llegó a él hace más de veinte años; lo conoció a fondo, le hizo pelea y lo obligó a diagnosticar esas «cosas del cuerpo» tan frágiles y vulnerables, pero a la vez resistentes y apegadas a la vida. El cuerpo, aquella amalgama que proporciona placer y dolor, fue uno de sus temas preferidos para aproximarse a la naturaleza, ese entorno sencillo que nace, crece y muere, ciclo atravesado por la luz y la oscuridad.
José Watanabe fue un fumador empedernido, tanto como nosotros, pero en él se notaba más, quizá porque el cigarrillo acompañaba su dicción sosegada. Partía los cigarrillos en dos con la secreta esperanza de que así fumaría un poquito menos. Trataba de justificar su tarea con argumentos aparentemente comunes. José, como diagramador de la revista, era lentísimo, se tomaba su tiempo, colocaba la regla encima de la página y titubeaba con una seguridad impresionante, y siempre, por supuesto, con el cigarrillo colgándole de los labios. Así, exactamente igual, me lo imagino escribiendo sus poemas: cincelándolos, escogiendo las palabras, tachando las imágenes exageradas y deshaciéndose de los adjetivos superfluos. Su poesía se escribe como un bordado. Va lenta y segura. Tiende a la brevedad y destila, como un poro abierto, un humor tibio ante las desgracias de la vida. Ni modo. Así lo debió haber aprendido de las gentes de Laredo.
El aquel entonces estaba casado con Gredna y había escrito un bellísimo poema de amor, «Imitación de Matsuo Basho», siguiendo los pasos de uno de sus poetas preferidos. Era el autor de un solo libro. Lo había publicado en 1971 y estaba dedicado a su madre, al Negro y al Viche. El poema «Los amigos» estaba dedicado, como corresponde, a Lorenzo Osores. Álbum de familia era el inicio de un gran trayecto y recogía los temas que desataría luego a partir de los años noventa. Y es que José se tomaba su tiempo. La vida en Laredo le debía de haber enseñado el sabio recorrido de las estaciones. Sin embargo, aquel cáncer al pulmón a mediados de los ochenta le hizo escribir El huso de la palabra, libro de amor y enfermedad, de vida y de muerte, que más tarde se tradujo en Cosas del cuerpo, publicado diez años después. Como podrán apreciar, siempre se tomaba su tiempo. Lo imagino escribiendo de la misma manera como diagramaba Yunta a altas horas de la noche con Chema Salcedo, porque yo ya no daba más y a eso de las 11 los abandonaba en ese cuchitril de la oficina. Desde las 5 de la tarde habían tomado café, conversado, paseado por la bodeguita y comido en el chifa; solo después, como buscando la inspiración de los lobos, se ponían a trabajar. Los titulares los escogían entre los dos: «El pillo no es el pollo», «Acá bajan todos» en el reportaje al cementerio de Comas
A José Watanabe lo conocí a inicios de los años setenta y frecuentábamos las cantinas y los cafés del centro. José, al igual que Elqui Burgos, no bebía. Ellos, más bien, eran atentos oyentes, aunque José sí opinaba, porque siempre tuvo claro lo que deseaba hacer en poesía. En poesía, sí; y sospecho que los grandes trazos narrativos de la poesía de aquellos años nunca le fueron cercanos. Él venía de una tradición distinta. Quizá estaba más cerca de Tilsa que de Vallejo. Quizá el mundo onírico de Tilsa le era más atractivo, pero de Vallejo tuvo ese apego por la familia y el terruño, por el hermano muerto. José tenía un museo interior: su inefable Chagall, Goya y Munch, entre sus principales pintores.
Sus últimos cuatro libros de poemas, publicados en 1994, 2000, 2005 y 2006, constituyen la madurez del poeta. La naturaleza se funde en la historia (al fin y al cabo es poeta y no pintor) y se explaya en esa historia natural, familiar, provinciana, social, que tan bien supo construir. Habitó entre nosotros es la historia sagrada, sí, pero escrita desde la tierra. Y La piedra alada es un difícil ejercicio por dar vida a lo más duro que puede existir: la piedra (sea de río o de cocina). Entre el pan, el miedo, el destete, la higuera, encontramos un bellísimo poema de amor dedicado a Micaela, su última pareja: «teníamos igual fijeza, amor mío, en el momento de nuestra pasión más alta». Estuvimos en el velorio dos días y vimos a Micaela de negro, seria, amable, digna, maravillosa, en medio de ese dolor que es la pérdida definitiva que nos causa la muerte, pero la acompañaba la secreta alegría de haber vivido, compartido y ayudado a un gran poeta.
desco / Revista Quehacer Nro. 165 / Mar. – Abr. 2007
Escribe: Abelardo Sánchez León
A principios de la década de 1980, José Watanabe formó parte de un proyecto editorial en desco: Yunta, revista que recogía las preocupaciones de los pueblos jóvenes. Vista desde la perspectiva que nos ofrecen los años, fue una publicación que se anticipó a La República o al Diario de Marka, pero, claro, duró poco y se consumió en el duro arenal de las afueras de Lima. El equipo era simpatiquísimo y muy creativo: Chema Salcedo en la redacción, Watanabe en la diagramación, Pedro Sánchez en la fotografía y yo en la dirección. De los cuatro, quedamos dos. Increíble. Pedro fue uno de los ocho periodistas asesinados en Uchuraccay y a José Watanabe se lo acaba de llevar, a los 61 años, un cáncer al esófago. El cáncer fue un visitante inoportuno que llegó a él hace más de veinte años; lo conoció a fondo, le hizo pelea y lo obligó a diagnosticar esas «cosas del cuerpo» tan frágiles y vulnerables, pero a la vez resistentes y apegadas a la vida. El cuerpo, aquella amalgama que proporciona placer y dolor, fue uno de sus temas preferidos para aproximarse a la naturaleza, ese entorno sencillo que nace, crece y muere, ciclo atravesado por la luz y la oscuridad.
José Watanabe fue un fumador empedernido, tanto como nosotros, pero en él se notaba más, quizá porque el cigarrillo acompañaba su dicción sosegada. Partía los cigarrillos en dos con la secreta esperanza de que así fumaría un poquito menos. Trataba de justificar su tarea con argumentos aparentemente comunes. José, como diagramador de la revista, era lentísimo, se tomaba su tiempo, colocaba la regla encima de la página y titubeaba con una seguridad impresionante, y siempre, por supuesto, con el cigarrillo colgándole de los labios. Así, exactamente igual, me lo imagino escribiendo sus poemas: cincelándolos, escogiendo las palabras, tachando las imágenes exageradas y deshaciéndose de los adjetivos superfluos. Su poesía se escribe como un bordado. Va lenta y segura. Tiende a la brevedad y destila, como un poro abierto, un humor tibio ante las desgracias de la vida. Ni modo. Así lo debió haber aprendido de las gentes de Laredo.
El aquel entonces estaba casado con Gredna y había escrito un bellísimo poema de amor, «Imitación de Matsuo Basho», siguiendo los pasos de uno de sus poetas preferidos. Era el autor de un solo libro. Lo había publicado en 1971 y estaba dedicado a su madre, al Negro y al Viche. El poema «Los amigos» estaba dedicado, como corresponde, a Lorenzo Osores. Álbum de familia era el inicio de un gran trayecto y recogía los temas que desataría luego a partir de los años noventa. Y es que José se tomaba su tiempo. La vida en Laredo le debía de haber enseñado el sabio recorrido de las estaciones. Sin embargo, aquel cáncer al pulmón a mediados de los ochenta le hizo escribir El huso de la palabra, libro de amor y enfermedad, de vida y de muerte, que más tarde se tradujo en Cosas del cuerpo, publicado diez años después. Como podrán apreciar, siempre se tomaba su tiempo. Lo imagino escribiendo de la misma manera como diagramaba Yunta a altas horas de la noche con Chema Salcedo, porque yo ya no daba más y a eso de las 11 los abandonaba en ese cuchitril de la oficina. Desde las 5 de la tarde habían tomado café, conversado, paseado por la bodeguita y comido en el chifa; solo después, como buscando la inspiración de los lobos, se ponían a trabajar. Los titulares los escogían entre los dos: «El pillo no es el pollo», «Acá bajan todos» en el reportaje al cementerio de Comas
A José Watanabe lo conocí a inicios de los años setenta y frecuentábamos las cantinas y los cafés del centro. José, al igual que Elqui Burgos, no bebía. Ellos, más bien, eran atentos oyentes, aunque José sí opinaba, porque siempre tuvo claro lo que deseaba hacer en poesía. En poesía, sí; y sospecho que los grandes trazos narrativos de la poesía de aquellos años nunca le fueron cercanos. Él venía de una tradición distinta. Quizá estaba más cerca de Tilsa que de Vallejo. Quizá el mundo onírico de Tilsa le era más atractivo, pero de Vallejo tuvo ese apego por la familia y el terruño, por el hermano muerto. José tenía un museo interior: su inefable Chagall, Goya y Munch, entre sus principales pintores.
Sus últimos cuatro libros de poemas, publicados en 1994, 2000, 2005 y 2006, constituyen la madurez del poeta. La naturaleza se funde en la historia (al fin y al cabo es poeta y no pintor) y se explaya en esa historia natural, familiar, provinciana, social, que tan bien supo construir. Habitó entre nosotros es la historia sagrada, sí, pero escrita desde la tierra. Y La piedra alada es un difícil ejercicio por dar vida a lo más duro que puede existir: la piedra (sea de río o de cocina). Entre el pan, el miedo, el destete, la higuera, encontramos un bellísimo poema de amor dedicado a Micaela, su última pareja: «teníamos igual fijeza, amor mío, en el momento de nuestra pasión más alta». Estuvimos en el velorio dos días y vimos a Micaela de negro, seria, amable, digna, maravillosa, en medio de ese dolor que es la pérdida definitiva que nos causa la muerte, pero la acompañaba la secreta alegría de haber vivido, compartido y ayudado a un gran poeta.
desco / Revista Quehacer Nro. 165 / Mar. – Abr. 2007
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1 comentarios:
Lastima que esperaran mucha gente que Watanabe muera para recien realizarle homenajes.
El texto de Balo me gusto.
Saludos desde Madrid.
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